Des del Campanar

Miquel Bernadó
Miquel Bernadó    /    2017-08-03
Victus / Invictus

Ahora hace exactamente un siglo, y después de unos días pasados en Sitges, moría en su casa natal de Castellterçol un personaje extraordinario: Enric Prat de la Riba. A los tres días de su muerte el cuerpo del presidente de la Mancomunitat era trasladado a Barcelona, donde tuvo lugar un funeral apoteósico para ser finalmente enterrado en el cementerio de Montjuïc: "Delante de su tumba juramos que su obra seguirá completándose hasta hacer de nuestra Cataluña un pueblo grande y fuerte, tal y como él mismo la quería y la queremos todos".


Con Prat de la Riba el llamado "problema catalán" tomaba forma por primera vez:
"No hemos creado la Mancomunitat de Cataluña para dotar al alma catalana de una pequeña administración subordinada y secundaria. Todos queremos que la Mancomunitat sea para Cataluña una verdadera estrucura de Estado".

En palabras del cordobés José Montilla, presidente de la Generalitat: "La trascendencia de Prat de la Riba se nos rebela en su esfuerzo para hacer Estado, para poner las bases de una administración eficiente al servicio de la ciudadanía".

Dentro de un par de días tenemos una cita importante, el Vot de Poble. Tradicional, folclórico, un punto arcaico y surrealista. Superada, o no, la polémica ruido-cultura, la máxima autoridad local invocará de nuevo los poderes sobrenaturales para hacer posible el bienestar de todos los ciudadanos.

Dentro de un par de meses el bienestar lo buscaremos en las urnas. El referendum del 1 de octubre intentará dejar claro si son mayoría los que aspiran a construir una república catalana o bien los que prefieren seguir en el actual reino de España.

La solución intermedia, la vía federal, es demasiado compleja, ambigua y llena de trampas. Sus defensores son escasos y casi todos se encuentran en Cataluña. Han caído ya en la melancolía al reconocer la poca aceptación que su propuesta tenía en España, incluso entre sus mismos correligionarios. Su principal representante se ha convertido en un bufón, en un personaje grotesco que se mantiene vivo haciendo mofa de todo lo que no suponga sumisión y docilidad hacia el Estado español. ¡Pedroooo! ¡Susanaaaa!. Y siempre tan contento.

En un par de meses sabremos probablemente si la mayoría de los ciudadanos de Cataluña está dispuesta a emprender la titánica tarea de construir un Estado pertenecente a la Europa del siglo XXI.

¡No, España no se romperá! España es muy fuerte. Ha sido capaz de asumir un gran número de independencias: desde Cuba a Colombia, pasando por México o Filipinas. España no se ha roto... pero tampoco ha sabido aprovechar las posibilidades de reformarse a fondo. La última ocasión se perdió con la dolorosa independencia de Cuba (para nada una colonia, como insiste en recordar el unionismo: una verdadera provincia española de ultramar). El movimiento regeracionista pretendía incorporar España al siglo XX. Un fracasó sin paliativos. Al poco llegaba Primo de Rivera.

¡No, el castellano (¿español?) no está perseguido en Cataluña! No es odiado ni multado ni censurado, ni lo será. El castellano gozará de una salud de hierro en Cataluña y será motivo de satisfacción y orgullo.

¡No, Cataluña no se romperá antes que España! Cataluña intentará hacer algo insólito con todo un Estado en contra, cloacas incluidas. Catalanas y catalanes decidirán probablemente construir una república y colaborarán activamente para que España consiga la tranformación definitiva que sus ciudadanos se merecen... y que los dueños de la finca les han negado desde cuando los galeones cargados de oro llegaban procedentes de América.

¡No, no se trata de ningún golpe de estado! Ningún independentista aspira a tomar el poder simbolizado por Las Cortes, el TC, La Moncloa o La Zarzuela... y menos por la fuerza de unas armas que no se pueden ni quieren comprar. ¡Larga y plácida vida la de Madrid!

¡No, no vamos a ningún precipicio! No entramos en ningún callejón sin salida. No vagaremos por el espacio sideral. Si somos suficientes redactaremos una constitución ejemplar para un país justo.

¡No, el principal jefe militar de la heroica defensa de la Barcelona de 1714 no era un nacionalista radical, xenófobo y excluyente! Se trataba del hijo del militar Francisco de Villarroel, originario de Villanueva de los Infantes, y de Catalina Peláez. ¿Otro charnego dispuesto a dejarse la piel por su país, como el navarro Martín Zubiría?

¡No, no se trata de una locura promovida por cuatro caciques pertenecientes a la burguesía catalana! Es, ni más ni menos, el resultado de la voluntad de millones de catalanas y catalanes, tanto de orígen como de adopción, decididos a emanciparse de la tutela de un Estado español secuestrado por una mafia taimada.

Pasado mañana votamos simbólicamente en clave local..... y dentro de dos meses votamos de verdad y sin miedo alguno.
¡Salud y suerte, mucha, mucha suerte!